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Bioconstrucciones - Somos lo que habitamos

Alejandra Caballero

(tomado del libro «Ecohabitat - Experiencias rumbo a la sustentabilidad», Arnold Ricalde y Laura Kuri (Compiladores) 2006, SEMARNAT, CECADESU, Organi-K, Mexico D:F)

 

El cobijo es algo que todos necesitamos, casi tan imprescindible como la comida o el vestido. Es en esencia nuestra segunda piel, y su historia es tan vieja como la humanidad. Ha transitado desde la cueva al rascacielos; y en ese peregrinaje ha pasado de ser confortable, adecuado al clima, hecho con los materiales a la mano y construido por los usuarios de manera intuitiva, igual que hacen todos los animales del planeta, a ser algo ajeno a las habilidades del homo cibernéticas; no considera la intuición, y en la mayoría de los casos poco o nada se relacionan con el confort y el eco sistema local.

Este cambio en la forma de construir ha generado una importante huella ecológica, contribuyendo de manera significativa a la contaminación ambiental y al consecuente cambio climático y demás calamidades planetarias. Construir una casa con técnicas convencionales basadas en el uso del cemento y el acero significa, por ejemplo, que por cada tonelada de cemento se emitan a la atmósfera 478 Kg. de dióxido de carbono, mismos que necesitarían una cuarta parte de hectárea de árboles adultos para poder ser capturados.

Considerando que una casa de tamaño medio usa más de 20 toneladas de cemento, se necesitarían por cada una de ellas cinco hectáreas de bosque para poder contrarrestar sólo los efectos de la contaminación causada por el dióxido de carbono, sin contar todas las demás consecuencias de su fabricación, como la generación de dioxinas (compuestos orgánicos persistentes, cancerigenos, bioacumulables, incoloros, inodoros, disruptores hormonales y altamente tóxicos) que igualmente generan la fabricación de acero, pvc, viniles, entre otros. Esto significa que para que este planeta sobreviva necesitamos más bosques que casas.

La lista de contaminantes emitidos por concepto de construcción convencional es interminable: plomo en pinturas, tóxicos volátiles en solventes, pegamentos, plásticos y, 10 más importante: un enorme consumo de combustibles fósiles, tanto en 11 fabricación de la casa, como en su operación y su consecuente emisión de tóxicos al aire, agua y suelo.

Cuando escuchamos estadísticas, como la que indica que en México 70 por ciento del cemento 10 consume la «constructora pueblo», es decir, gente como usted y como yo, crece la esperanza de poder cambiar el paradigma en la construcción de casas y es justo aquí donde la propuesta de la bioconstrucción cobra sentido.

La bioconstrucción, la construcción natural o eco lógica comparten con la medicina natural o la agricultura orgánica una manera de entender la vida desde la conciencia de nuestra responsabilidad ambiental; «somos 10 que habitamos» y la propuesta es construir un cobijo saludable sin destruir el entorno.

En permacultura, la bioconstrucción la vemos aplicada en la zona cero donde se enriquece con el resto de las zonas y comparte con el diseño permacultural diversas herramientas, siendo una de las más valiosas la observación de los ciclos naturales, del movimiento del Sol, de la dirección del viento, del tipo de suelo, de la vegetación nativa; en fin, de todo aquello que nos sirva para poder decidir la orientación, la selección de materiales, la vegetación circundante y hasta la forma que le daremos.

Los elementos naturales y el ecosistema local definen el diseño de la casa.
La bioconstrucción nos invita a utilizar materiales locales, tanto por ser los más adecuados al clima, como por el ahorro de combustibles, al no tener que transformarlos y transportarlos grandes distancias; nos permite recuperar habilidades olvidadas y tener acceso a conocimientos que creíamos exclusivos de los «expertos»; digamos que democratiza el proceso constructivo.

Las casas vernáculas son bibliotecas vivas donde podemos documentarnos acerca de las técnicas que han permanecido durante años, además de descubrir los secretos de adecuación al clima.

Las técnicas constructivas empleadas en la bioconstrucción son aquellas que permitan tener una casa saludable, hermosa, confortable y duradera. La elección de las técnicas es muy importante, ya que tenemos que tomar en cuenta la disponibilidad de los materiales y los efectos bioclimáticos que queramos lograr.

Así, por ejemplo, mientras los muros de tierra (adobe, cob, tapia, etc.) son una termomasa, es decir, que acumulan calor y luego lo liberan, las pacas de pája son un excelente aislante, el cual guardará el calor o el frío que las ventanas o puertas proporcionen.

Aislar perfectamente los techos es indispensable para aprovechar mejor las cualidades de los muros; hay muchas formas de lograrlo, desde pajarcilla hasta un techo verde, que además de climatizar la casa proporciona alimentos y aire puro.

El pajareque, el zacatlaniloli y leñacob nos permiten crear formas que se alejen de la línea recta y puedan acercarse a los patrones de la naturaleza.

Los retoques, repellos o terminados tienen que ser permeables, al igual que nuestra piel, para permitir que la casa transpire. Los podemos hacer de paja molida, lodo y baba de nopal, de yeso o un hermoso fresco con cal y arcilla. Las casas rebocadas con cal son pequeños captadores de carbono, ya que al ‘completarse el ciclo de la cal, ésta absorbe cantidades importantes de dióxido de carbono, que le ayudan a conseguir la firmeza y durabilidad que tienen las cales maduras, como aquellas que han sobrevivido a los siglos. Ejemplo de esto lo tenemos en los monumentos arqueológicos.

Para los pisos no es necesario tener el típico «firme» de cemento. Podemos optar por uno similar de cal y tezontle o bien por un hermoso y saludable piso de tierra acabado con aceite de linaza y cera de abeja. Los pisos de madera son también muy apropiados.

Para pintar las casas podemos recurrir a la gama de colores que ofrecen las arcillas, óxidos, sílices y también en plantas y flores.

Los primeros se recomiendan para exteriores y los segundos sólo para interiores, debido a que son fotosensibles y pueden perderse fácilmente.

La madera se puede proteger con aceite de linaza, de naranja o hasta de oliva, combinadas con parafina o cera de abeja. La manera en que se cultiva, cosecha y trabaja la madera es también muy importante para determinar su durabilidad; los japoneses dicen que nunca hay que poner una tabla, viga o polín en sentido contrario a como creció el árbol.

Para integrarnos mejor a los ciclos naturales deberíamos dormimos cuando se acaba la luz natural y despertar con los primeros rayos del Sol. Así, con unas ventanas bien diseñadas tendríamos resuelto el problema de iluminación. Pero como la dinámica ha cambiado y prolongamos nuestras actividades por la noche, el uso de energías alternas permite solucionar esto. La energía solar es una de las más accesibles hoy en día, seguida por la eólica, y en menor medida las micro turbinas. Si nuestro presupuesto no alcanza para incorporar alguna de estas tecnologías, por lo menos podremos cambiar nuestros focos incandescentes por focos ahorradores, que además de ahorramos unos pesos permiten minimizar el uso de energía eléctrica.

El ahorro, captación, almacenamiento y tratamiento del agua es uno de los pilares de la bioconstrucción. Tenemos que reducir drásticamente nuestro consumo de agua; hoy por hoy el consumo doméstico es uno de los más altos de todas las actividades humanas. Bañarse menos, lavar de manera más eficiente, sanear las aguas utilizadas y, sobre todo ¡no desperdiciar agua limpia en el baño!

Se dice que, al igual que los productos orgánicos que tienen grados de pureza de acuerdo al porcentaje de ingredientes orgánicos involucrados en su elaboración, una casa, además de estar construida con materiales locales, biodegradables, energías alternas, etc., es 100 por ciento eco lógica cuando utiliza un sanitario ecológico seco que garantice que por fin los humanos nos reintegremos al ciclo nutriente.

Todos podemos ser constructores naturales, recuperar nuestra capacidad innata de construir, sólo hay que atrevemos a trabajar menos para pagar a otros por disfrutar el proceso de construcción de un espacio, que no sólo albergará nuestro cuerpo, sino que será un recinto sagrado para nuestro espíritu.

En el proyecto San Isidro: educación permanente, S.C. construimos, promovemos, difundimos, enseñamos este tipo de construcciones.
Convencidos de que a pesar de todas las malas noticias que permean el ambiente, siempre hay la buena noticia de un bioconstructor más.

Para terminar me voy a permitir citar a Jaime Nicol: Pero las palabras valen poco.
¿Cuántas palabras se gastaron y cuántas se seguirán gastando, en contra de esta destrucción, mientras ésta sigue acelerándose cada vez más? Da la sensación de que las palabras por sí solas no pueden enseñarnos nada. Quizás; en el mejor de los casos, sólo pueden permitirnos desaprender algo, porque es cada vez más evidente que no es suficiente interpretar el mundo, también es necesario cambiarlo.

http://www.proyectosanisidro.com.mx

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